SOÑANDO
DEMOCRACIAS, LAMENTANDO CORRUPCIONES
Juan Masiá
Clavel
[ La calor
veraniega aconseja no cansar al público lector con opiniones de tertulia de
ideas. Mejor un cuentecillo, piensa el opinador. Pero están dando por la tele
la primicia del día sobre corruptos,
seguida de la inevitable declaración cínica del poderoso de turno. El opinador
renuncia a opinar y rememora la leyenda aprendida en cierta enciclopedia de antropología ]
¡ÈÉrase una vez... una aldea, llamada ¡ÆTierra abrigada¡É, en el
fondo del valle, ladera sur de la cordillera. Sus habitantes jamás salieron
fuera del pueblo. Desde la ladera opuesta, a escasos kilómetros en plena
meseta, se divisaba otra aldea, cercana y lejana; su nombre era ¡ÆCielo abierto¡Ç. Los
habitantes de Tierra abrigada y Cielo abierto nunca cruzaron los montes, no se
conocían, sus usos y costumbres, vestimenta e idioma eran diferentes. En Tierra
abierta saludaban con una reverencia, extendían la palma de la mano en señal de
combate y abrían los brazos en son de paz. Los de Cielo abierto se saludaban
estrechando la mano, bajaban la cabeza amenazando guerra y se cruzaban de
brazos para pedir paz.
Un buen día, por primera vez un habitante de Tierra
abrigada subió de excursión hasta la cumbre. Curiosamente, otro de Cielo
abierto tuvo semejante ocurrencia. Llegaron casi al mismo tiempo a lo alto del monte. A unos metros de distancia, el del valle
dijo en su lengua: ¡ÈBuenos días, ¿de dónde vienes?¡É. El de la meseta no entendió
nada y dijo en la suya: ¡È¿Quién eres? ¿Qué lengua hablas?¡É Comunicación
imposible, recurren a los gestos. El del valle hace una reverencia por saludo,
pero el de la meseta lo interpreta como declaración de guerra y retrocede
temeroso. El del valle, tranquilizador, abre sus brazos en señal de paz, lo que
significaba guerra para el de la meseta. Este, que no quiere guerra, responde
con los brazos cruzados, señal de paz para él, pero amenaza para el otro. No
hay nada que hacer, no se entienden. Pero ninguno pasa de los gestos al ataque,
lo que les hace percatarse. Estaban intentando comunicar con códigos
incompatibles. Se pusieron a imitar el gesto ajeno. Cuando el de la meseta
alargó la mano de nuevo en señal de saludo, el del valle, renunciando a su
costumbre de reverencias, alargó su mano también, superando la timidez por el saludo
desacostumbrado. Por fin se dieron la mano y brotó al unísono en ambos un gesto
común, la sonrisa, que acabó en carcajada. Se sentaron a compartir pan y vino
de merienda. Repitieron la excursión, se
hicieron amigos y se enseñaron uno a otro los gestos, lenguaje y costumbres del
valle y la meseta. El problema surgió al regresar a sus respectivas aldeas. Era
difícil ayudar a quien jamás salió de su patria chica a comprender que el mundo
es más amplio y los otros pueblos no son opuestos, sino distintos; no raros, sino diferentes; no peores, sino
diversos. ¿Cómo hacerles ver que podemos y debemos aprender mutuamente?¡É
Hasta aquí una versión alegórica del encuentro entre
culturas, contada ingenuamente de forma idílica y utópica. La historia de
desencuentros y violencia no permite hacerse ilusiones sobre el encuentro con
lo diferente, aunque nos cueste renunciar a la sonrisa de aquel apretón de
manos y al brindis de projimidad. Pero la alegoría no termina ahí. El relato
arquetípico prosigue así:
¡ÈAquel encuentro de los del valle con los de la
meseta desembocó en intercambios beneficiosos. Los de la meseta domesticaban
caballos y los del valle habían inventado la rueda y construído carretas. Les
vino muy bien a ambos cambiar el exceso de carretas de los del valle por la
abundancia de caballos de los de la meseta. Luego fueron juntos a explorar tierras
del Este y encontraron otro pueblo, Orilla marina. Se repitió la historia del
desencuentro entre gestos y lenguajes diferentes. Los de Orilla marina no
domesticaban caballos, ni fabricaban carros, sino embarcaciones, porque vivían
de la pesca. Les vino muy bien comprar carretas de caballos para llevar sus
productos de pesca a los de Tierra abrigada y Cielo abierto. Pero... hete aquí
que un día, mejor dicho, un mal día, un grupo
maleante de Tierra abrigada, tras robar caballos a los de Cielo abierto y pescado
a los de Orilla marina, escapó hasta refugiarse en los montes. Los de Orilla
marina atribuyeron el robo a los de Cielo abierto y declararon guerra. Estos a
su vez declararon la guerra a los de Tierra abrigada y... un largo etcétera...¡É
[Al opinador abstracto, convertido en
narrador aficionado, le tienta actualizar la leyenda con nombres de personas y
cifras de millones ¡Ède este país¡É, pero el profesor del taller de escritura
recomienda: ¡Èmejor sin comentarios¡É. Pues dejémoslo así, con la sola coletilla
editorial: ¡ÈCualquier parecido con la ficción se debe a que este cuento es pura
realidad¡É ]