TRADUCIR DA QUÉ PENSAR
Juan Masiá
Celebrando la iniciativa
editorial de esta revista y agradeciendo la oportunidad de responder a su
amable invitación de colaborar en el número fundacional, he elegido para este
ensayo uno de los temas que más me han dado que pensar en mis cuatro décadas de
contacto con la cultura japonesa: la experiencia de traducir y su influjo en la
construcción intercultural de la identidad. Serán unas reflexiones
sencillísimas con carácter de ensayo, sin pretensiones de aportar nada
especialmente original, pero con el deseo de que su redacción en tono
testimonial sirva parfa animar a las siguientes generaciones jóvenes de
investigadores y traductores. Ha dado mayores pasos Oriente para asimkilar lo
occidental que Occidente para aprender de Oriente. Desearía que la modesta
contribución de estas páginas se sume a la motivación del proyecto editorial de
esta revista para mejor el intercambio cultural entre Oriente y Occidente.
¡ö
¡ö¡¡¡ö
Dicho esto, paso a reflexionar
sobre la experiencia de traducir. Traducir da qué pensar. La experiencia de la
traducción obliga y facilita, al mismo tiempo, a cuestionar y rearticular la
vivencia de la propia identidad, así como a repensarla entre dos culturas
diferentes. Traducir no sólo hace pensar, sino hace vivir de otro modo nuevo
entre dos mundos. Tales son las ideas centrales que expongo a continuación, al
hilo de algunas de mis traducciones del japonés al español, que me han hecho
reflexionar sobre cómo repercute la tarea de traducir en la construcción
intercultural de la identidad.
Este cuestionamiento no se
plantearía tan existencialmente, si uno se limitase a traducir por curiosidad
hacia lo considerado como exótico o por responder a exigencias del consumo que
pone de moda determinados temas. Cuando la motivación para traducir brota de la
experiencia de vivir en carne propia dos culturas diferentes, el esfuerzo por
conducir a quienes forman parte de dichas culturas al entendimiento mutuo pone,
a veces, en crisis la identidad misma de quien pretendía ser facilitador del
intercambio. El traductor que comenzó su labor con el deseo de ayudar a un
diálogo acercando distancias, acaba enfrentándose al cuestionamiento de la
propia identidad en el encuentro y desencuentro consigo mismo: se redescubre a
sí mismo, a la vez que se distancia de sí mismo o de lo que creía ser uno
mismo, a medida que avanza abriéndose camino por la trocha de la traducción.
Las experiencias desde las que
parto aquí son de traducciones del japonés al castellano. Han sido traducciones
de obras clásicas, no por exotismo o por moda, sino desde otra motivación más
honda. En la época colonial predominaba la visión de lo oriental como exótico,
lo que favorecía la presentación de los productos culturales asiáticos como
algo raro y ajeno. Actualmente, el interés globalizado por el resultado de las
ventas fomenta la traducción y difusión rapidísima en japonés de una novela
extranjera de moda o, viceversa, de un best
seller japonés que se traduce enseguida al francés o al castellano.[1]
En cambio, cuando se trata de traducir obras clásicas, ya sean de literatura,
pensamiento o espiritualidad, a sabiendas de que no compensa comercialmente su
publicación, además de tropezar con toda una serie de dificultades, se necesita
estar impulsado por otra clase de motivaciones.[2]
He de decir que doy prioridad entre esas motivaciones, ante todo, a la
exigencia de diálogo con lo diferente para la toma de conciencia crítica y
reconstructiva de la pregunta por uno mismo. En una palabra, necesitamos
conocernos y reconocernos mutuamente para poder reconstruir interculturalmente
la propia identidad.
Hospitalidad lingüística
El mapamundi que aparece en los medios de
difusión al iniciar, por ejemplo, un programa de noticias suele colocar en el
centro el propio país. Visto así el mapa, América es Oriente para Japón o China
es Occidente para Méjico. Lo ha repetido a menudo Raimon Panikkar: Oriente y
Occidente no son nociones meramente geográficas. Occidente necesita descubrir
su propio Oriente dentro de sí. También Oriente necesita redescubrir su propia
alma, quizás a veces olvidada. El encuentro Oriente-Occidente debería ser de
reconocimiento y transformación mutua de las respectivas identidades. Desde la
perspectiva de la traducción, que comento aquí, se puede apostar por un
encuentro de Oriente y Occidente que lleve a la transformación mutua, ya que es
precisamente la experiencia de traducir la que se convierte en lugar de
experimentar y en taller para desmontar, recomponer y rehacer las identidades
respectivas de dos mundos, el de la obra y el de su lectura, teniendo a quien
traduce como mediación en la encrucijada.
P. Ricoeur nos visitó en la
Universidad Sophia en 1977. Se celebró en aquella ocasión un simposio sobre
hermenéutica en el que, tras escuchar a un profesor japonés disertar sobre la
importancia de salir de sí mismo para comprender la realidad, añadía así el
filósofo francés: ¡ÈEso es justamente algo esencial en mi hermenéutica. No se
trata de que yo me proyecte sobre el texto, sino de que salga de mí mismo para
dejarme captar por el mundo del texto¡É.[3]
Ricoeur volvió sobre este tema en diversos escritos e insistió en la
importancia de la que él llamba la ¡Èhospitalidad lingüística¡É. Es el mismo tema
al que me estoy refiriendo en términos de ¡Èreconstrucción intercultural de la
identidad¡É.
Cuando Ricoeur recibió el
premio cultural de la ciudad de Kyoto, en el 2000, repitió esta idea con más
fuerza: ¡ÈApuesto, decía, por la posibilidad de la traducción y por la confianza
en el lenguaje y en la comunicación interpersonal e intercultural que
conlleva¡É. En sus últimos años, el filósofo hermeneuta francés expuso en
diversas ocasiones su ideal de ¡Èhospitalité
langagiêre¡É: la traducción realiza una labor de mediación y hospitalidad.[4]
Facilita al lector ¡Èel placer de dejarse acoger por la ¡Èhospitalidad
lingüística¡É de la otra cultura en cuyo marco ha sido compuesta la obra. A su
vez, la creatividad de la traducción modifica ambos lenguajes, el de la obra y
el de quienes la leen. Hace así posible, no sólo el acceso de quien lee al
mundo de la obra, sino ¡Èla acogida de ese mundo por parte de la hospitalidad
cultural del mundo de quienes leen¡É.
Este pensamiento de Ricoeur
sirve de hilo conductor para reflexionar sobre la filosofía que subyace a la
labor de traducir, que hace pensar y repensar, revivir y transformar la propia
identidad. Pondré a continuación ejemplos de traducciones del japonés al
castellano, que me han dado qué pensar sobre este tema. A la luz de la propia experiencia
de dejarse uno transformar por el mundo de la obra traducida, se hace cada vez
más comprensible la temática de la última gran obra de P. Ricoeur[5]:
reconocerse a sí mismo y reconocernos mutuamente, en vez de desconocernos. Eso
es precisamente lo que ocurre en la traducción: el traductor redescubre el
propio mundo lingüístico natal y, a medida que se adentra en el mundo de la
obra a traducir, se va creando (insisto en subrayar esta creatividad) un nuevo
¡Ètercer mundo¡É, más acá y más allá del original y de su primera traducción
provisional. Por eso, toda traducción es obra artística de creatividad. En vez
de decir que ¡Ètraducir es traicionar¡É, hay que decir que ¡Èsin crear no se
traduce¡É.
Lo diré apeándome a una
comparación vulgar y cotidiana. Durante muchos años viví en Japón creyendo que
cada vez conocía mejor la lengua del país. Pero repetía a menudo algunas
equivocaciones elementales que la excesiva amabilidad de mis interlocutores no
se había a atrevido a corregir. Por ejemplo, decía: ¡Èeste pescado tiene muchas
espinas¡É. Hasta que alguien me hizo caer en la cuenta: ¡ÈEn Japón, el pescado no
tiene espinas, sino huesos¡É. Hone
significa hueso y toge equivale a
espina. En castellano, ¡Èespina¡É se dice de las del pescado y de las de la rosa.
En japonés, ¡Èhueso¡É se dice de los huesos del pollo y de las espinas del
pescado. Naturalmente, no se nos ocurrirá caer en la literalidad de traducir en
castellano diciendo ¡Èlos huesos de este pescado¡É. Pero, una vez conocida esta
diferencia de extensión y comprensión de ambos términos, una persona extranjera
que conoce ambos idiomas podría permitirse divertidos juegos de palabras con
ellos.
Este ejemplo es, obviamente,
demasiado simple. Más compleja es la experiencia que se produce en un grupo de
trabajo de traducción en equipo, en el que participan personas nativas de ambos
países que conocen respectivamente la lengua del otro. Al interrumpir el
trabajo para descansar a la hora del café, se produce un fenómeno curioso:
conversar mezclando ambas lenguas. En un momendo dado, alguien cuenta, o
inventa, usando ambas lenguas, un chiste que ríen y aplauden todos. Pero, a
continuación, caemos en la cuenta de que ese chiste no lo habrían entendido
quienes solamente conocieran el japonés o el castellano. Es que se ha formado un
ámbito de ¡Èfusión de horizontes¡É entre los interlocutores. No somos bilingües
de nacimiento. Hemos aprendido la otra lengua con nuestro cerebro izquierdo.
Pero nos vamos aproximando a lo que podríamos llamar una especie de
¡Èquasi-bilingüismo cultural¡É. Eso es precisamente lo que ocurre creativamente
al traducir. Pero esa fusión de horizontes no afecta solamente al nuevo
lenguaje que se va creando, sino a la recreación de la identidad de quienes
participan en esa tarea.
Con estas sencillas
comparaciones podemos captar quizás más intuitivamente la vivencia que he
calificado desde el principio, con terminología más abstracta, como la
¡Èreconstrucción intercultural de la identidad¡É. Veámosla a través de los casos
siguientes de traducción.
T. Watsuji: un filósofo que piensa antropología y ética desde el paisaje
En 1973 tuve la oportunidad de
presentar traducida al castellano, con el título El hombre y su ambiente, la obra Fûdo, del filósofo japonés Watsuji (1889-1960), hace tiempo agotada
y descatalogada.[6]
A comienzos de la década de los setenta había interés por Unamuno y Ortega en
Japón, ya que las obras selectas de ambos se estaban publicando en japonés por
aquellas fechas. En cambio, en el mundo de habla castellana el interés por la
cultura y pensamiento del país del sol naciente ha ido llegando con retraso.
Recientemente ha sido posible presentar de nuevo dicha obra de Watsuji en
versión corregida y actualizada.[7]
Podemos apreciar en el estilo y pensamiento de
Watsuji cómo se aúnan la filosofía y el esfuerzo hacia la sistematización con
las dotes literarias de un escritor de rica expresividad y gran capacidad para
la descripción. El original japonés lleva un título, Fûdo, compuesto de dos ideogramas: viento y tierra, para designar
el clima, paisaje y cultura. El subtítulo puesto por el autor a la versión
original japonesa es Reflexión de
Antropología filósofica. La explicación fenomenológica del autor en su
primer capítulo confirma la opción hecha en la versión castellana por el título
de Antropología del paisaje.
La figura de Watsuji representa
para el pensamoiento japonés un papel comparable, salvadas las distancias, con
el influjo ejercido en sus días por Unamuno y Ortega en el ámbito
iberoamericano. Watsuji es, como Ortega, un pensador a caballo entre dos culturas.
El viaje y estancia en Europa fueron decisivos en su trayectoria intelectual,
pero nunca se desprendió de sus raíces orientales. La manera de
plantear Watsuji la pregunta por la identidad se despliega en una triple
interrogación: "¿quién soy yo?", "¿qué es el Japón?",
"¿qué es el ser humano?" Al aspirar a una complementaridad de
culturas, que superase la tensión entre tradición y modernidad, tropezaba este
pensador con la piedra de escándalo del etnocentrismo occidental: "Resulta
difícil defender la posición de los europeos que, por un lado, anhelan lo no
europeo y, por otro, continúan sintiéndose, en el fondo del corazón, como el
centro del mundo¡É.[8]
Fue en los primeros años de mi
estancia en Japón cuando me dediqué a esta traducción, que en su versión
reciente he podido revisar y corregir. Tenía entonces reciente el impacto del
choque cultural. Mientras me implicaba en esta traducción, el pensamiento de
Watsuji me sugería una metodología para los encuentros interculturales que estaba viviendo en carne propia:
seducción de la cultura ajena y momentos de rechazo de la propia, a los que se
sucedían decepciones ante la ajena y redescubrimientos de la propia. Al pasar
por esos vaivenes, el pensamiento de Watsuji me sugería una metodología de
intercambio intercultural en cuatro pasos: a) percatarse o toma de conciencia de lo propio; b) negación, autocrítica
o salida de sí; c) reafirmación y
redescubrimiento de lo propio; d) diálogo crítico y creativo.[9]
Watsuji planteaba en su país una problemática semejante a la que había
tratado Unamuno en su En torno al
casticismo: la tensión entre regionalismos y cosmopolitanismos, o entre las
corrientes casticistas y los defensores de la europeización. Ambos trataron de
integrar libertad y condicionamiento, mediante una toma de conciencia del
paisaje como cultura, en la que se integran la geografía, la historia y la
lengua materna.
Watsuji se repetía la pregunta filosófica : "¿Qué es el ser
humano?", inseparable de otra: "¿Qué es el Japón y cómo son los
japoneses?". Unamuno se interrogaba, a través de sus ensayos, novelas,
poesías o dramas: "¿Quién soy yo?". Esta pregunta iba unida a otra:
"¿Qué es España y los españoles? ¿Cuál es la tradición y el meollo del
País vasco o de Castilla?"
En ambos pensadores el problema personal de la identidad y el problema
filosófico del sentido de la vida iban vinculados a la pregunta por la cultura:
¿Hasta qué punto es superable el condicionamiento geográfico, histórico o
linguístico? Si "ser humano" es esencialmente inseparable de "ser
español" o "ser japonés", ¿qué queda de nuestra presunta
naturaleza común o de nuestra libertad individual? Watsuji y Unamuno hablaron
de un proceso de liberación, en el que se pueden distinguir las cuatro etapas
mencionadas: toma de conciencia, liberación, redescubrimiento y nueva
identidad.
La toma de conciencia del propio condicionamiento es el primer paso hacia
su superación. Watsuji se refiere a menudo a esta toma de conciencia. Unamuno
habla de un "implacable examen de conciencia" al estudiar la historia
del propio pueblo. Quien se ponga en contacto con la cultura extranjera,
tratando de sumergirse en ella, experimentará esta toma de conciencia de la
propia identidad nacional, distinta de la del país al que trata de adaptarse.
El segundo paso del proceso es una liberación. Unamuno lo vivía al escribir
su ensayo sobre El individualismo español.
Entre los caracteres nacionales de que se envanece un pueblo, dice, suelen
estar sus mayores defectos. Consecuencia del examen de conciencia histórico es
el esfuerzo por liberarse de la carga negativa del propio pasado.[10]
El tercer paso es un redescubrimiento. Según Watsuji, la trascendencia del
propio condicionamiento ha de pasar necesariamente por la renuncia a buena
parte del propio pasado. El autor de Peregrinaciones
por los templos antiguos sabe bien lo que supone el redescubrimiento de los
valores nacionales tras un período de esfuerzo por asimilar lo extranjero. Pero
tampoco es posible dar marcha atrás por completo. La asimilación de lo ajeno
nos da un nuevo modo de ver lo propio, que nos capacita para descubrir en ello
posibilidades latentes. Eso es lo que él intenta hacer en su estudio sobre El idioma japonés y la filosofía.
También Unamuno añade al momento negativo, lo que él llamaba " despojarse
del pueblo viejo", el momento positivo de redescubrir lo propio y, para
eso, "chapuzarse en pueblo".[11]
Pero esta manera de afirmar lo propio ya no se identifica con aquella
primera afirmación ingenua. Se retorna, pero de otro modo. Watsuji, a la vuelta
de Europa a Japón, siente dentro de sí el dilema entre lo japonés y lo europeo,
la tensión de que él mismo ya no es ni europeo, ni el japonés que era antes de
salir de Japón. Se impone la necesidad de integrar ambos modos de ser en una
creatividad orientada al futuro. Ese es el cuarto tiempo del proceso:
superación. Pero es una superación del condicionamiento que, como dice Watsuji,
está también condicionada. No cesa el proceso de ir haciéndose libre. Unamuno
veía ese proceso como "el paso de la patria chica a la humanidad". A
eso apuntaba Watsuji cuando les decía a los japoneses que descubrieran dentro
de sí mismos "gérmenes de claridad griega" y recomendaba a los
europeos no creerse el centro del mundo. Al decir esto tenía reciente su
impresión de rechazo ante la frase hegeliana de que "la historia del mundo
viaja de este a oeste, porque Europa es absolutamente el fin de la
historia".[12]
Lo que Watsuji proponía a los japoneses no era una importación poco crítica
del estilo de racionalidad occidental, ni tampoco un rechazo de ella en nombre
de una supuesta irracionalidad oriental. Les estaba invitando a descubrir,
inventar y crear desde dentro de sí, con ocasión del encuentro con lo otro, una
nueva identidad. Algo parecido podría decirse de Unamuno cuando trataba de conjugar
lo tradicional, lo que él llamaba "chapuzarse en pueblo", con la
"europeización".
K. Nishida: una Filosofía de la Religión pensada desde la Nada
Nishida (1870-1945) está considedrado como el
principal filósofo japonés del siglo XX . Con el título de Pensar desde la Nada, se han presentado al público de habla
hispánica, tres ensayos selectos representativos de su manera de concebir la
Lógica, la Estética y la Filosofía de la Religión.[13] El título de esta
recopilación está inspirado en la misma idea central que sirve de hilo
conductor al presente ensayo: salir de la estrechez del propio ego y abrirse a
la amplitud y profundidad sugeridas por esas nociones orientales tan ricas de
contenido, como son la Nada y el Vacío. Al decir esto, hay que apresurarse a prevenir
al público occidental: no se trata, ni mucho menos, de nihilismos, todo lo
contrario. Nada y Vacío son las nociones más cercanas -homeomórficamente, diría
Panniker- a las manejadas por el pensamiento occidental cuando habla de Ser,
Realidad y Absoluto.
El primero de estos ensayos, titulado ¡ÈUna
explicación sobre la belleza¡É, fue escrito por Nishida en 1900. En él presenta
el pensador japonés compendiosamente su concepción de la experiencia estética.
El segundo, escrito poco antes de morir, es una breve página que refleja su
esfuerzo, durante toda una vida filosófica, por buscar un nuevo modo de pensar,
otra lógica más allá de la lógica habitual. Lleva por título ¡ÈSobre mi modo de
pensar¡É. El tercero resume su Filosofía de la Religión, tal como la concebía en
el último año de su vida, cuando trataba de conjugar la lógica que él llamaba
del ¡Èlugar de la Nada¡É y la propia de las ¡Ècosmovisiones religiosas¡É. En el
momento presente de la filosofía occidental –incertidumbres postmodernas y
tanteos a ciegas más allá de las postmodernidades-, volver la vista hacia un
clásico de la modernidad oriental es, sin duda, un buen método catalizador para
desencadenar nuevos modos de pensar de cara al futuro.
No es
de extrañar que, en un pensador situado en la encrucijada entre dos mundos, la
ambivalencia ante lo europeo, tanto en su actuación intelectual como en su vida
cotidiana, sea notable. Nishida estuvo a caballo entre lo europeo y lo japonés, entre lo filosófico y
lo religioso, entre lo cristiano y lo budista. Reconocía, por ejemplo, que los
que juzgasen su exposición de la filosofía religiosa desde un punto de vista
occidental, ya sea de lógica aristotélica o hegeliana, pondrían la etiqueta de
mística panteísta a las paradojas que él, siguiendo la inspiración budista,
encontraba en lo Absoluto.[14] Sin embargo, se creía
obligado a objetar contra esa interpretación inexacta de su pensamiento.
Insistía en situarse en un marco completamente distinto, en el que la
¡Èidentidad de las contradicciones" juega el papel de una especie de
teología negativa.
Mientras me implicaba en esta traducción de Nishida, repensé lo que había
reflexionado con ocasión de la de Watsuji. A Watsuji le atrajo de Husserl su ideal de ecumene y de logos. Un ideal de ecumene,
como convergencia europea de pueblos más allá de las propias fronteras y un
ideal de logos, como convergencia de
pareceres en un marco de diálogo razonado y razonable. Pero él temía que el
ideal de ecumene se quedase en
cosmopolitismo superficial y que el ideal de logos se quedase en olvido del pathos,
del cuerpo y del paisaje. Watsuji suspira por la Europa del logos y la ecumene, pero teme perder raíces orientales de contacto con el
cuerpo, con el paisaje, con la tierra o con el Todo. Su propia ambivalencia
ante Europa, así como la de tantos colegas suyos japoneses, va unida a la
propuesta que hizo repetidas veces en favor de una complementaridad de las
culturas.[15]
Propone que la tarea europea de búsqueda de logos y ecumene
se conjugue con la tarea oriental de recuperar los vínculos con el cuerpo, el
paisaje y el Todo.
Prolongando
esas sugerencias, la lectura tanto de Watsuji como de Nishida me sugiere
resumir en dos preguntas una propuesta de diálogo intercultural
Oriente-Occidente:
1.
¿Qué puede aprender el "yo claro" europeo del "yo
difuminado" de las tradiciones orientales?
2.
¿Qué puede aprender el "yo difuminado" oriental del "yo
claro" europeo?
La
experiencia de la traducción, al colocarnos entre estos dos mundos, nos hace
redescubrir ambos dentro de uno mismo, nos muestra una tercera situación
conflictiva de confrontación de ambos mundos dentro de uno mismo y nos conduce
hacia la recreación de la propia identidad en una ¡Ècuarta vía¡É[16] nunca plenamente
concluída.
Como
pautas de respuesta sugiero las siguientes, tal como las he ido formulando al
hilo de la labor de traducir a dichos autores:
1. El
"yo claro" europeo puede aprender del "yo difuminado"
oriental:
a)
Sentido de receptividad, escucha, silencio y contemplación, para liberarse del
activismo dominador y de la tendencia a absolutizar las relaciones meramente
técnicas, burocráticas o de interés.
b)
Sentido de totalidad y unidad, para liberarse de muchas patologías dualistas.
c)
Sentido de la inseparabilidad cuerpo-espíritu, para liberarse de excesivos
logocentrismos, racionalismos y espiritualismos.
d)
Sentido de la naturalidad en los vínculos comunitarios, para liberarse del
excesivo individualismo, fanatismo y agresividad.
Por su
parte, el "yo difuminado" oriental podría aprender del "yo
claro" europeo:
a)
Sentido de claridad en el proyectar metas, saber adónde se quiere ir y planear
el futuro, para contrarrestar así deficiencias en creatividad o falta de metas
a largo plazo.
b)
Sentido del arte de distinguir y discernir, para contrarrestar la tendencia a
lo ambiguo y confuso.
c)
Sentido de la expresión y del arte de articular y formular el pensamiento, para
contrarrestar la tendencia a escudarse en el pretexto de lo no-dicho.
d)
Sentido de la responsabilidad para definirse y comprometerse, con el fin de
contrarrestar la tendencia a diluir colectivamente las responsabilidades.
¿Cuántos
siglos tardará en completarse este encuentro de Oriente y Occidente en el que
ambos, mutuamente transformados, crezcan juntos hacia una humanidad más rica,
plural y unida?...
Un manual de espiritualidad del budismo Mahayana: salir de sí y despertar
al Vacío
El texto El
despertar de la fe es un breve manual de espiritualidad budista Mahayana,
que ha sido traducido al castellano a partir de la versión adaptada en japonés.
Son una especie de ¡ÈEjercicios
espirituales¡É, por decirlo con equivalencia occidental, propuestos por un
autor budista anónimo del siglo VI. [17]
La
implicación en esta traducción, además de obligarme a reflexionar sobre el tema
que acabo de mencionar a propósito de las dos obras anteriores, me planteaba un
nuevo reto. La temática de espiritualidad y la complejidad del diálogo inter-(e
intra-) religioso entre budismo y cristianismo conlleva efectivamente un reto
especial. Si las dos obras anteriores cuestionaban la propia identidad, en este
caso se añade la dificultad inherente a las dimensiones religiosas de la
identidad.
Aduciré aquí
un ejemplo que ilumine el criterio seguido en esta traducción. En el capítulo
primero se formula lapidariamente con tan sólo quince caracteres chinos el tema
central de la obra. Los equivalentes literales de esos caracteres son:
¡Ècorazón, verdad, tal cuál, persona, igual, esto, uno, dharma, mundo,
grande, conjunto, aspecto, pórtico, cuerpo¡É. A quien los lea en chino, le
impactarán de un golpe desde la verticalidad de una sola línea. Los estudiosos
del sánscrito tratarán de remontarse desde esa verticalidad visual de los
ideogramas chino-japoneses a la horizontalidad de la lengua original. Las
versiones japonesas, a la vez que conservan la verticalidad de los caracteres,
despliegan lo condensado en ellos y lo extienden formando una frase que ocupa,
al menos, el doble de espacio que el texto chino.
Por ejemplo,
la versión literal del investigador Ikeda[18]
convierte los citados caracteres en la siguiente frase: ¡ÈLa verdad tal cual del
corazón consiste en esto: un mundo del dharma, gran conjunto de
aspectos, cuerpo del pórtico del dharma". Resulta difícil captar su
sentido, tanto en japonés como en esta equivalencia literal. El mismo Ikeda, en
su paráfrasis adaptada para el lector actual, ofrece la versión siguiente:
"La auténtica manera de ser del corazón de cada persona es el mundo
absoluto del budismo y el meollo del budismo común a todos los seres". En
sus notas complementarias da la razón de esta versión. La expresión "un
mundo del dharma" se refiere, según él, al "mundo inmutable de
la enseñanza budista". En la expresión "gran conjunto de
aspectos", "grande" no se dice en el sentido de tamaño o
cantidad por oposición a "pequeño" o a "poco", sino connota
la totalidad absoluta que lo abarca todo, dentro y fuera del mundo, por
oposición a cualquier relatividad. La expresión "cuerpo del pórtico del dharma"
significa el "meollo común a todas las enseñanzas del budismo¡É.
Esa misma
línea, en la versión actualizada de J. Takasaki,[19]
se convierte en la frase siguiente: "La auténtica manera de ser del
corazón es la raíz común de todas las realidades. Es el rostro común que se
percibe a través de todo su conjunto. Y es el meollo de todas las
enseñanzas".
Orientado
por estos autores, opté en mi traducción por formular así: "La realidad
auténtica del corazón de cada persona es un fondo común donde convergen los
aspectos de todo y es la puerta de entrada a todas las enseñanzas del budismo
en su conjunto". La opción
Me ha
parecido que merecía la pena alargarse en esta explicación, no tanto para
justificar la propia traducción, cuanto para acentuar la polisemia condensada
en la brevedad de los caracteres chino-japoneses y la necesidad de acudir a la
traducción-interpretación creativa, con sus riquezas y sus riesgos.
El despertar de la fe es una obra
que expone el núcleo central de la enseñanza budista Mahayana, acompañada de
una invitación y guía para su puesta en práctica. El tema del título puede
traducirse como el ¡Èdespertar¡É o también como el ¡Èalumbramiento¡É de la fe.
Ambas imágenes, el despertar del sueño y la salida del seno materno a la luz de
la vida, además de la que connota el alumbrar de aguas subterráneas de un pozo,
están en el telón de fondo de la problemática de traducción e identidad de
estas páginas. Tanto en la situación del feto en el seno materno como en la de
quien está dormido, se encuentra latente el germen de la iluminación, que
consiste en un despertar y percatarse de que ya estábamos en la meta, pero no
nos habíamos dado cuenta mientras caminábamos. Tal es, en síntesis, la
presentación del budismo Mahayana en El despertar de la fe.
Es frecuente
en la historia filosófica occidental el recorrido ascendente que va desde lo
cósmico y lo vital, pasando por diversas formas de vida y conciencia, hasta
llegar a la vida humana consciente, cuyo ápice suele colocarse en la
inteligencia y la libertad. Ahí se detienen algunas filosofías, mientras que
otras siguen remontándose, más o menos platónicamente, hacia la trascendencia.
Por contraste con ese "trascender ascendiendo", a estilo occidental,
decía Nishida que hay en Oriente una tradición de "trascender descendiendo
o sumergiéndose". Consiste ese movimiento del pensar en ir remontándose
desde la conciencia a lo vital inconsciente para alcanzar, desde y en ese
fondo, la liberación. Si la vía occidental va de la vida a la conciencia y por
la conciencia hacia la libertad, la oriental se remonta desde la conciencia a
la vida y, en lo hondo de ésta, descubre la auténtica libertad en forma de
liberarse y vaciarse de sí mismo.
La
implicación en esta traducción de El despertar de la fe me ha ayudado a
comprender la diferencia entre el camino que va de la vida a la conciencia y el
que va de la conciencia a la vida, con sus respectivas concepciones diferentes
de la libertad: como afirmación de sí, en el primer caso, y como salir de sí en
el segundo, es decir, como método, camino y proceso de liberación interior. Me han
proporcionado el hilo conductor las reflexiones de la novelista japonesa Takako
Takahashi, que dialoga con el carmelita P. Tanaka.[21]
Ambos, familiarizados con santa Teresa y san Juan de la Cruz, tratan de
sumergirse en su propia tradición oriental, precisamente a través del texto de El
despertar de la fe. Me motivó especialmente para emprender su lectura la
comparación que hacen estos autores entre las Moradas teresianas, la Subida
al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz y los diversos estadios de
profundización en el inconsciente en la mística Mahayana.
Resumiendo
en unas cuantas tesis las principales afirmaciones de la obra, hay que destacar
los puntos siguientes:
El aspecto
de absoluto o iluminación y el de extravío son las dos caras inseparables de
toda conciencia. De esa segunda cara negativa se origina la pluralidad
fenoménica. Al salir del engaño se retorna a la unidad; pero, últimamente, en engaño
o desengaño, la realidad última es una y solo una. Esta realidad última no es
verbalizable. Fallan todas las expresiones ante ella. Por eso se la expresa
paradójicamente en términos de vacío y no-vacío. En la sima de la conciencia,
llamada también el depósito a almacén (alaya) de la conciencia, se
conjugan el mundo de lo absoluto y el del extravío. El paso del engaño al desengaño
no se lleva a cabo meramente reflexionando sobre el mal cometido, sino
librándose de juicios que son prejuicios. Lo que en apariencia es iluminación (satori,
en japonés) es un sucedáneo: falsa iluminación o extravío (mayoi). Hay
que librarse de todo apego desordenado ("des-pegándose, des-atándose,
des-engañándose") para llegar a tener un corazón libre. Así se pasa desde
la superficie de la conciencia llena de contradicciones a su fondo, donde se
integran, y desde ahí a la "sima-cima" de la iluminación. La conciencia
desengañada e iluminada se hace espejo limpio, refleja bien todo y se vuelve
compasiva hacia todo, porque lo refleja todo en el Todo y convierte en hábito
esta manera de ver y de vivir.
Hasta aquí
la presentación esquemática de la obra. Al releerla para traducirla me plantea
toda una serie de temas de reflexión, que están pidiendo ulteriores
profundizaciones en el encuentro de la espiritualidad cristiana con la budista.
La tarea está aún en sus comienzos. Habrá que avanzar en ella, con prudencia
pero sin recelo, a lo largo de este siglo. Pienso que para recoger los frutos
habrá que esperar al siglo siguiente. Insinuaré aquí solamente algunas pistas
para esos encuentros.
Da que
pensar el sentido práctico de esta espiritualidad que invita, ante todo, a
caminar para comprender el camino, a la vez que anima a percatarse de la
realidad de la vida tal cual es, sacando así fuerzas para vivirla.
Da que
pensar también la insistencia de esta espiritualidad en recordarnos que
albergamos en nuestro seno ¡Èmatrices de budeidad (¿divinidad?)¡É. ¡ÈEstamos
embarazados de un feto de buda (o iluminabilidad), que no acabamos de dar a
luz¡É, dice el citado Takasaki. Da que pensar muy especialmente la importancia
del tema central: hacerse Buda es percatarse de que ya lo somos; la iluminación
no crea ni aumenta realidad; simplemente hace percatarse de lo que ya estaba en
nuestro interior desde el principio.
Da que
pensar, a quienes tienen familiaridad con el evangelio según san Juan, el
nombre de Buda como Tathâgata (sánscrito) o Nyorai (japonés), el Así-ido,
Así-llegado, el Así-siempre presente, el que viene de la luz o la luz
siempre adviniendo, una luz que ya era vida en todo. A partir de aquí se
abrirían nuevos caminos para el encuentro con la teología cristiana, tomando en
serio una cristología más pneumatológica que la centrada meramente en el Logos.
Da que
pensar, a quienes tienen familiaridad con el tema del discernimiento
espiritual, el cuidado con que el autor de El despertar de la fe insiste
en discernir la fe y no se limita simplemente a suscitarla. Junto a la
insistencia en el tema central de que la Verdad está en el interior de cada persona,
está presente en esta obra desde el comienzo al fin la llamada de atención
sobre "las dos caras del corazón humano", necesitado continuamente de
un retorno o conversión para poder retornar a esa unidad primordal de la que se
está alejando en cada momento.
Y,
finalmente, da que pensar la conciencia de la limitación inherente a todo
lenguaje humano. Pero no se renuncia, sin embargo, a su uso indirecto y
metafórico. Coincide en esto con san Agustín en el final de su De Trinitate.
En el mundo del lenguaje cotidiano dividimos todo dualísticamente. El sentido
común nos aleja de la verdadera unidad profunda de la realidad. La iluminación
es un retorno a esa unidad. Pero hacen falta palabras, tanto en la vida
cotidiana como para transmitir a otras personas este camino de liberación. Ahí
juega su papel el lenguaje parabólico, metafórico, sugerente e indirecto. Ni se
renuncia a las palabras, ni se apega uno a su literalidad. Lo captó bien la
película El pequeño Buda: cuando le preguntan al monje si cree al pie de
la letra en la reencarnación, si es una ficción o una realidad, el maestro no
cae en la trampa de responder a una pregunta formulada en términos disyuntivos
y dualistas. Por eso se limita a contestar que "se trata de una manera de
expresarse". Y cuando, al final de la película, el espectador occidental
no acaba de aclararse acerca de cuál de los candidatos era la encarnación de la
budeidad, se le sugiere que "todos y ninguno". Pero hay que estar muy
atento para percatarse de que la respuesta está en el interior de quien hace la
pregunta: "Eres tú, está en tí", le habría dicho el autor de El
despertar de la fe.
Me pregunto cómo reaccionarán diversas corrientes de teología cristiana
ante esta obra. Tomando el reto en serio, creo que puede tener repercusiones
hondas para la reconstrucción, no sólo intercultural sino inter-religiosa, de
la identidad.
Conclusión con Ricoeur:
Reconocerse reconociendo y siendo reconocido
Al final de este ensayo podemos retornar al pensamiento de P. Ricoeur con
el que lo comenzamos: la hospitalidad lingüística en la tarea de traducir, vía
hacia la reconstrucción intercultural de la identidad. El proceso del
reconocimiento mutuo, dice Ricoeur, se desarrolla a lo largo de una ¡Èlucha
entre el desconocimiento que ignora o menosprecia (méconnaisance) a la persona diferente a la vez que lucha por el
reconocimiento de sí mismo por las otras personas¡É[22]. Es
significativo, desde el punto de vista de las traducciones de pensamiento
oriental, que Ricoeur recurra a algo tan oriental como sustantivar la
preposición ¡Èentre¡É (en japonés, sería ¡Èaida¡É
y ¡Èaidagara¡É,
la relación intersubjetiva de que habla Watsuji) para concluir que es
precisamente ¡Èen el entre de la expresión entre protagonistas del intercambio
donde se concentra la dialéctica de la disimetría entre el yo y la otra persona
y la mutualidad de sus relaciones¡É.[23]
Hoy día las corrientes migratorias y los intercambios globalizadores nos
plantean en todas partes cómo conjugar la pluridimensionalidad de nuestras
respectivass identidades con los intercambios con lo diferente. En ese
contexto, la experiencia de la reconstrucción de la identidad en la práctica de
la traducción nos pòdría servir de mediación para realizar el tránsito desde la
mera multiculturalidad de yuxtaposición a la auténtica interculturalidad de
transformación mutua.
[1]
Por ejemplo, la traducción que se hizo inmediatamente de El Código da Vinci al japonés o la de las novelas de Haruki Murkami
al castellano
[2]
Ese sería el caso de otras traducciones en que me he embarcado, aparte de las
citadas en el presente ensayo, como, por ejemplo, la del manual de
espiritualidad del budismo Tendai: Pararse
a contemplar, Sígueme, Salamanca, 2006; la guía para ejercitarse en el
budismo Mahyana: El despertar de la fe, Sígueme, Salamanca, 2003; o el Sutra
del Loto, de próxima aparaición en la ed. Sígueme,
[3] Cito de mis notas de participación en dicho simposio.
[4] P. RICOEUR, Sur la
traduction, Bayard, 2004
[5] Parcours de la
reconnaissance, Stock, Paris, 2004
[6] Tetsurô WATSUJI, El
hombre y su ambiente. (trad. castellana de A. Mataix y J. Masiá, ed.
Castellote, Madrid, 1974
[7] T. WATSUJI, Antropología
del paisaje. Climas, culturas y religiones, ed. Sígueme, Salamanca, 2006
[8] Antropología del paisaje, p. 214
[9] Lo
he desarrolado en El animal vulnerable.
Introducción a la filosofía de lo humano, Universidad Pontificia Comillas,
Madrid, 1997
[10] M.
De UNAMUNO , ¡ÈEl individualismo español¡É (1902), Ensayos, Aguilar, 1964 sexta edición), Madrid, 1964, tomo I,
p.437-453
[11]
Véase, además de En torno al casticismo,
los ensayos ¡ÈLa crisis del patriotismo¡É, ¡ÈSobre la filosofía española¡É y ¡ÈSobre
la europeización¡É, en el vol. 1 de Ensayos.
[12]
Desarrollé el tema más detalladamente en ¡ÈFilosofía de la cultura en Watsuji y
Unamuno¡É, en J. MASIÁ, Ensayos
hispano¡Çjaponeses, Universidad Sophia, Facultad de Teología, Tokyo, 1988,
cap. 5
[13]
Kitarô NISHIDA, Pensar desde la Nada.
Ensayos de Filosofía Oriental, Sígueme, Salamanca, 2006
[14] Traducir intencionadamente con el sintagma ¡Èlo Absoluto¡É,
en vez de ¡Èel Absoluto¡É, será recibido con sospecha por mentes occidentales
temerosas de caer en monismos, pero será más comprensible para mentes
orientales alérgicas al excesivo antropomorfismo occidental.
[15] Antropología del paisaje, p.148
[16] No ¡Ètercera vía¡É de síntesis, sino ¡Ècuarta vía¡É, cuya
meta nunca se alcanza del todo: en el camino hermenéutico, ni se renuncia a
subir, ni se presume nunca de haber llegado a la cima.
[17] ANÓNIMO BUDISTA MAHAYANA, El despertar de la fe, Guía para ejrcitarse en el budismo Mahayana,
Sígueme, Salamanca, 2003
[18] R. IKEDA, Actualización
de ¡ÈEl despertar de la fe¡É, ed. Taizô, Tokyo, 1998
[19] H. UI y J. TAKASAKI, Daijô
Kishinron (El despertar de la fe), ed. Iwanami,
[20] The Awakening of
faith, trans. Y. Hakeda, Columbia University Press, 1967,
p.32
[21] T.TAKAHASHI, Ishiki
to sonzai no nazo (El enigma de la conciencia y el ser), Ed. Kodansha,
Tokyo, 1996
[22] P. RICOEUR, Parcours
de la reconnaissance, Stock, Paris, 2004, p.371
[23] Id., 376